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LA VERDAD RESTAURADA

LA ÚNICA DEFENSA PURA

LA ÚNICA DEFENSA PURA

 La Segunda Guerra Mundial terminó tan bruscamente como había empezado cinco años antes. De pronto, tenía algo que no había estado seguro que tendría: tenía un futuro. Era un sentimiento extraño; ¿qué se hace con un futuro?

Me encontraba en Ishima, una pequeñísima isla en la costa noroeste de Okinawa. Pocos días antes, todo en la isla había sido destruido por un tifón de un poder tan feroz que los grandes barcos se hundieron y los aviones salieron despedidos de la isla. La tormenta había pasado, la guerra se había acabado, y yo tenía un futuro. 

Una noche tranquila, despejada e iluminada por la luna, me senté cerca de la playa en lo alto de un acantilado. Hacía tan sólo unos días, el océano, tan tranquilo ahora, se agitaba con enormes olas que sobrepasaban ese acantilado. Estuve sentado durante horas meditando y orando y decidí lo que haría con mi futuro: sería maestro. 

Tenía un diploma de la escuela secundaria que obtuve mediante calificaciones aceptables; tenía un testimonio ferviente del Evangelio restaurado de Jesucristo y cierto conocimiento de las Escrituras como resultado de horas, días, semanas y meses de estudio. No sabía qué era lo que iba a enseñar; podría aprender algunos temas prácticos y seculares. 

Me esforcé en mis estudios universitarios, los cuales se acortaron un año debido a las asignaturas que había tomado en la aeronáutica que se me reconocieron por haber sido piloto de la Fuerza Aérea. Tenía un título universitario en educación; pero, aun más importante, tenía una esposa y dos pequeños varones. 

De repente, me contrataron a mitad de año como maestro de seminario para reemplazar al hermano John P. Lillywhite, que había sido llamado para que dejara el aula de clases y presidiera la misión de los Países Bajos. Así supe lo que tenía que hacer con mi futuro. 

No imaginaba que estaría hoy aquí hablando a los maestros; estaba contento en aquel entonces, y estaría contento si ahora fuese maestro en el salón de clase. 

Al saber lo que sé ahora, no espero que en el campo del destino se me recompense por mi llamamiento presente por encima de los que he conocido de entre ustedes, y que entregan su vida, día tras día, enseñando en el salón de clase.

Pero aquí estamos. Digo estamos porque mi esposa está conmigo. No sabemos cuántos años se nos han concedido, no muchos me imagino, pero tenemos el testimonio seguro del Padre y del Hijo y el don inefable del Espíritu Santo.

Sabemos que el ser del mundo invisible que atacó al joven José en la Arboleda Sagrada siempre está cerca, porque, como lo dijo Pedro: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8). 

Ahora, de acuerdo con los criterios morales, sociales, políticos y aun intelectuales, parece que estamos perdiendo; pero la humanidad también sabe que en la gran escena final, Satanás no puede ganar. 

Hay cerca de 41.000 de ustedes. Comparados con la necesidad que existe, no es una gran cantidad, pero recuerdo haber oído decir a sir Winston Churchill en las horas más negras de la Segunda Guerra Mundial, al dirigirse a unos cuantos pilotos de la Real Fuerza Aérea que afrontaban contratiempos casi insuperables: “Jamás en el campo de los conflictos humanos, tantos le debieron tanto a tan pocos”. 

En octubre de 1983, regresé de Sudamérica y casi de inmediato me dirigí a Londres para reunirme con el élder Neal A. Maxwell en la primera conferencia regional. Iba a reemplazar a un miembro de la Primera Presidencia. Aquella primera conferencia era algo así como un experimento.

Nos encontramos en la capilla Hyde Park para una reunión del sacerdocio de cuatro horas. El élder Maxwell habló primero y citó al rey Benjamín: “… Hermanos… no os he mandado subir hasta aquí para tratar livianamente las palabras…” (véase Mosíah 2:9). Lo que dijo a continuación cambió mi vida: “Hemos venidos a ustedes hoy día en nuestra verdadera identidad de apóstoles del Señor Jesucristo”. 

De pronto, mi cuerpo se llenó de calidez y de luz. El cansancio del viaje fue reemplazado por la confianza y la confirmación. Lo que estábamos haciendo contaba con la aprobación del Señor. 

Nunca he olvidado aquel momento; fue como esos momentos de inspiración que cada uno de ustedes ha experimentado. Tales momentos confirman que el Evangelio restaurado de Jesucristo es verdadero. 

EL LIBRO DE LA MEMORIA 

Al prepararme para reunirme con ustedes, fue difícil mantener cerrado el libro de la memoria.Recuerdo a J. Wiley Sessions, alto y sonriente, quien abrió el primer instituto de religión en Moscow, Idaho. 

Thomas J. Yates, ingeniero de la planta de electricidad de las montañas que están al este de Salt Lake City, bajaba el cañón a caballo todos los días para enseñar en Granite la primera clase de seminario integrado. Nunca conocí al hermano Yates, pero me acuerdo de quienes lo reemplazaron. DESCARGAR

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1 comentario

Dario Escobar -

Hola, estoy muy agradecido por las publicaciones y todo el material que pones a nuestra disposición, en realidad es un tesoro que tenemos para poder edificarnos.
Este mensaje es muy bueno, lo compartí con un hermano que trabaja en el templo de Chile y se percato que no tiene autor. podrías enviarme el nombre del discursante.
Saludos y Bendiciones
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