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LA VERDAD RESTAURADA

Conociendo a nuestro cónyuge por medio de las palabras

Conociendo a nuestro cónyuge por medio de las palabras

A menudo las parejas se comunican sólo lo suficiente como para saber que están presentes, pero no para reconocerse como individuos que forman una pareja eterna. No es de extrañar que se escuchen en los divorciados frases cómo “creí que lo conocía” o “no es la mujer que conocí en mi juventud, es una extraña”.

La comunicación puede fortalecer o debilitar la relación, pues depende de qué se comunica y cómo se lo hace.

Muchas veces caemos en la trampa de ser los únicos que hablamos en la relación, provocando que la actitud pasiva del oyente oculte resentimientos por no encontrar la oportunidad de expresarse.

Puede suceder entonces que cierre sus oídos y su corazón utilizando la “cara de piedra” con una mueca que simula escuchar.

Caemos en la falsa idea de que podemos cambiar al interlocutor mudo hablando más o llevando la conversación a nuestro interés. Desmotivamos a la persona no dejando que abra su corazón, pues nuestro juicio previo sobre una situación impide que se exprese, ya que lo inhibe. Lo más probable es que nuestro cónyuge piense que su opinión sólo es motivo de corrección.

También puede suceder que pensemos que nuestros pensamientos no son lo suficientemente importantes como para que los escuche otro.

El miedo al sentirnos menoscabados nos quita así el deseo de hablar.

Desarrollar la intimidad emocional es posible cuando se puede compartir sinceramente lo que se piensa. Algunos hombres pueden sentir vulnerada su masculinidad si comparten sus emociones. Algunas mujeres pueden sentirse rechazadas al ver ridiculizados sus sentimientos. La confianza crea el clima necesario para compartir y asistir.

La seguridad en el amor de nuestro esposo o esposa incluye gratitud y empatía.

La empatía implica ponernos en el lugar del otro para tratar de ver a través de sus ojos.

En una conversación es fundamental captar el otro punto de vista para comprender mejor el mensaje.

La gratitud viene por sentir que somos queridos y valorados pues nuestro cónyuge hace el esfuerzo de ponerse en nuestro lugar.

Si cada día decidimos nutrir la relación matrimonial, entonces cada día haremos el intento de comunicarnos eficazmente.

Tal vez lo primero que debamos hacer es convertirnos en buenos oyentes. A veces, el simple ejercicio de recordarnos mentalmente “debo escuchar hasta el final” es el principio de escuchar con el corazón.

Al conversar es bueno hacer un breve comentario de lo que nosotros entendimos.

También preguntar si hay algo más, demostrando que estamos dispuestos a escuchar sin juzgar. Y por supuesto, agradecer los sentimientos compartidos, aunque no estemos de acuerdo o no nos guste demasiado lo escuchado.

Caer en la extraña costumbre de ridiculizarnos frente a nuestros amigos nos aleja de una relación sana. Producimos resentimientos en el corazón del otro por la traición de la confianza prometida durante la boda.

La seguridad de que nuestros comentarios no serán ridiculizados en público permitirá una intimidad más profunda en la conversación.

La relación matrimonial siempre puede mejorar, no importa los años que llevemos de casados. Dedicarnos diariamente a conversar sinceramente, sin solemnidad y expresando nuestras ideas cotidianas de manera sencilla, nos permitirá compartir nuestras reflexiones más profundas en el momento apropiado.

Conversar unos minutos puede ser el primer paso de una relación más sincera y cariñosa.

La vida es demasiado dura y necesitamos de nuestro compañero o compañera para sortear las tormentas.

El saber que somos lo más importante para el otro y el tratarnos de ese modo facilitan el camino, pues reconocemos que si caemos nos ayudará a levantarnos, calmando nuestro dolor, porque nos conoce. Y nosotros seremos sus mejores amigos porque le conocemos íntimamente y sabremos cómo cuidarle.

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