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LA VERDAD RESTAURADA

EL ORDEN PERFECTO DE LA EXHORTACIÒN

EL ORDEN PERFECTO DE LA EXHORTACIÒN

El necio habla porque: ¡algo tiene que decir!; El sabio habla porque: ¡tiene que decir algo! 

 “Y después de haberles predicado, y también profetizado de muchas cosas, les mandó que guardaran los mandamientos del Señor, y cesó de hablarles”. (1 Nefi 8:38.)

En este pasaje del Libro de Mormón, con la exhortación que Lehi hizo a sus hijos rebeldes Lamán y Lemuel, y con el cual Nefi concluye el capítulo del sueño del árbol de la vida de su padre, se enuncia el perfecto orden de secuencia de lo que debe conformar una amorosa admonición: predicación, profecía, mandamiento y albedrío. 

“Y después de haberles predicado,…" 

La prédica va primero. Ya lo dice Pablo: "Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:13,14).

Predicar es proclamar con solemnidad, con seriedad, con firmeza algo que se estima de mucha entidad, algo importante. Pero la proclamación, aunque etimológicamente es una publicación a viva voz o por escrito, suele serlo, y habitualmente lo es con mayor eficacia, a través de acciones ejemplares. La Guía de Estudio de las Escrituras lo define como: “proclamar un mensaje que nos haga comprender mejor un principio o doctrina del evangelio”.

Como Nefi no pudo registrar en las planchas menores todo cuanto les dijo Lehí a sus hijos en esa ocasión, tal como lo refiere en el siguiente versículo del subsiguiente capítulo, no conocemos todas las cosas que les predicó. No obstante podemos percibir, mediante algunos indicios de lo escrito, que:

1) Debe haber reinado un dominante sentimiento espiritual. ¿Podría haber sido de otra manera después de relatar el sueño, o la visión, que el Señor le mostró a Lehi? Si tan solo con leerlo, a pesar de estar tan alejados en el tiempo y en el espacio, se llenan nuestra mente y nuestro corazón con el Espíritu de verdad con que nos llega la prédica de Lehi.

Pero, bien lo dice la escritura, solo quien tiene en sí el Espíritu de verdad comprende al que predica por ese mismo Espíritu de verdad y ambos se comprenden, se edifican mutuamente y se regocijan mutuamente, como ocurría entre Lehi, Nefi y Sam, y aún con cualquiera de nosotros que lea esos pasajes con ese mismo Espíritu. (DyC 50:17-22).

Sin embargo Lamán y Lemuel, ajenos a este Espíritu, no comprendían, estaban en permanentes tinieblas, y más allá de que no se regocijaban, murmuraban y se amargaban con sus sentimientos de rencor y envidia.

2) La exhortación hecha con “todo el sentimiento de un tierno padre”, debe haber impregnado su prédica del amor puro de Cristo, que únicamente un corazón empedernido podía no apreciar.

3) La prédica no puede haber sido de otra manera que con un profundo conocimiento de la más sabia doctrina del evangelio, porque Lehí mostró en otros pasajes del Libro de Mormón una sabiduría difícilmente igualada, para ello basta leer el segundo capítulo del 2° Nefi.   

Sí, la prédica va primero. Entonces sigue la creencia. Pero la creencia, como los pensamientos, los deseos y la voluntad, es parte del objeto del albedrío del hombre. Se cree lo que se quiere creer. Y cuando la creencia está basada en conceptos verdaderos, el Señor da, como un don, la fe. Entonces continúa la invocación, que se perfecciona mediante la fe (DyC 50:29,30; y 46:30). Y al final la salvación. Un círculo virtuoso de absoluta perfección.

Esta es la razón por la cual el Señor mandó a sus discípulos a predicar el evangelio a todo el mundo (Marcos 16:15); y Él mismo, mientras su cuerpo reposaba en el sepulcro prestado, fue para iniciar la prédica del evangelio en el mundo de los espíritus (1 Pedro 3:19); y también esta fue la razón por la cual se predicó el evangelio desde el principio (Moisés 5:58); a fin de que todos tengan la oportunidad de salvarse y para que no queden justificados si se condenan.DESCARGAR ARTICULO COMPLETO

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