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LA VERDAD RESTAURADA

Mujeres en las Escrituras

Mujeres en las Escrituras

 

 "...Mujer, he ahí tu hijo… He ahí tu madre…” (Juan 19:26-27)

 Estas fueron algunas de las últimas palabras que pronunció el Salvador en la agonía de la cruz, dirigidas “a su madre” y “al discípulo a quien él amaba”. “Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”. (Juan 19:27)

Por alguna razón, “junto a la cruz”, desafiando los peligros de la ocasión, había tres mujeres: “su madre, la hermana de su madre María mujer de Cleofas, y María Magdalena” (Juan 19:25). Esta última, había de ser también, la primera testigo del Señor resucitado: “Mujer, ¿por qué lloras? –“Porque se han llevado a mi Señor…” (Juan 20:11-18)

Hay 188 referencias de mujeres protagonistas, por diversas razones, en los cuatro libros canónicos. La mayoría de ellas en el Antiguo Testamento (143), 41 en el Nuevo y el resto en las escrituras aparecidas en esta dispensación.

Es interesante también mencionar que la palabra mujer(es) se repite más de 400 veces y la misma cantidad para esposa. En cambio la palabra madre, se reitera 300 veces e hija, 200. También se mencionan otros parentescos como nuera (20), suegra (11), y abuela, sólo una vez.

Cabe señalarse, que Jesús, durante su ministerio, tuvo muy buena comunicación con las mujeres en una época en que eran relegadas y muchas veces despreciadas por los hombres. Las respetó y a veces las eligió para introducir su doctrina. Sin duda, percibía que eran más sensibles a los temas espirituales.

Hay cuatro de ellas, cuyos nombres no conocemos y que habría que agregar a las 188 ya mencionadas —son anónimas— y que por su ejemplo “y la grandeza de su fe” (Mateo 15:28), son dignas para representar a millones de mujeres de todas las épocas: 

1. La mujer “que padecía flujo de sangre…y se le acercó desde atrás y tocó el borde de su manto”. “¿Quién es el que me ha tocado?”, preguntó Jesús. Había una multitud que lo apretujaba y oprimía, sin embargo dijo: “alguien me ha tocado; porque yo he conocido (sentido) que ha salido poder de mí”, entonces la mujer se mostró “ y como al instante había sido sanada”, Él le dijo “ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado”. (Ver Mateo 9:20-22 y Lucas 8:43-48)   

2. Uno de los diálogos más enriquecedores de las escrituras, fue el que sostuvo el Salvador con “la mujer samaritana”, al principio de su ministerio. “Le era necesario pasar por Samaria…”, para ello caminó muchos kilómetros y “cansado, se sentó junto al pozo de Jacob”, al medio día. Quedó solo porque “los discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer”. Llegó “una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: “Dame de beber.” Ahí comenzó la conversación. Él tenía que ganar su confianza, “ya que los judíos y samaritanos no se trataban entre sí” y hasta sus discípulos “se maravillaron de que hablara con una mujer”, ya que estaba prohibido en ese tiempo. Lo que Él deseaba era introducir Su evangelio: “el agua viva” como una “fuente de la salvación”, predicho por Isaías (12:3), ya que “el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”. “Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ¿no será éste el Cristo? Y muchos de los samaritanos creyeron en él por la palabra de la mujer…” (Juan 4:1-42)

3. “La viuda pobre…” es otra de las mujeres ejemplares que tampoco conocemos su nombre. Sin embargo Jesús reparó en ella, porque echaba “en el arca de las ofrendas…dos blancas” y dijo: “En verdad os digo, que esta viuda pobre echó más que todos. Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobraba; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía.” (Lucas 21:1-4)

4. La “mujer cananea”, es la otra mujer anónima que deseo destacar. Ella clamaba misericordia por su hija “gravemente atormentada”. “Pero Jesús no le respondió palabra” y los discípulos tampoco. “No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel,” le dijo finalmente. “¡Señor, socórreme!”, rogaba ella. “…no está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos”. Inmediatamente llegó la respuesta firme pero respetuosa de la mujer, y sin duda inesperada para Jesús:

“Sí, Señor: pero aún los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”.

“Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe, hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora”. (Mateo 15:21-28)

* Timoteo, el discípulo dilecto de Pablo, poseía “la fe no fingida, la cual habitó primero, en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.” (2 Tim. 1:5)

* Marta, María y Lázaro, eran hermanos y Jesús los amaba. En ocasión de la muerte prematura de Lázaro, Jesús aprovechó para enseñar sobre la resurrección a las hermanas: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.” (Juan cap. 11)

* En el Libro de Mormón, se habla poco de Saríah, la esposa de Lehi. Sin embargo, cuando sus hijos regresaron de Jerusalén, dijo: “Ahora sé con certeza que el Señor ha mandado a mi marido que huya al desierto…”

* En los albores de esta dispensación, deseo mencionar sólo a tres mujeres que jugaron un papel especial: Lucy, la madre del Profeta, Emma, “la Señora elegida”, esposa del Profeta José, primera presidenta de la Sociedad de Socorro y quien por mandato del Señor, seleccionó los primeros himnos y Eliza R. Show, poeta y creadora de numerosos himnos, entre ellos “Oh mi Padre”. 

En la conclusión, deseo mencionar a las fieles hermanas que sirven en la Iglesia, comparables a Ana de la antigüedad, “que servía de noche y de día con ayuno y oraciones”. (Lucas 2:37) Repito lo que decía el Presidente Heber J. Grant:

“De no haber sido por la fe, el sacrificio y la laboriosidad de las primeras hermanas de la Iglesia, esta Obra hubiera fracasado.”

Creo firmemente “que la mujer no fue sacada de la cabeza del hombre, para ser superior, ni de sus pies, para ser pisoteada, sino de su costado para ser su igual y cerca de su corazón, para ser amada.”

 

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