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LA VERDAD RESTAURADA

Con Tu Rostro Puesto en El Hijo

Con Tu Rostro Puesto en El Hijo

Tras mi relevo de la Presidencia General de las Mujeres Jóvenes en abril de 1986, tuve la oportunidad de disfrutar de una semana en Israel. Aquellos dos años habían sido muy difíciles y habían exigido mucho de mí. El ser una buena madre, junto con la gran cantidad de tiempo que se necesita para tener éxito en dicha tarea, había sido mi prioridad principal, por lo que intenté ser madre de jornada completa para un niño de primaria, una chica de secundaria y para un hijo que se estaba preparando para servir una misión. Intenté también ser una esposa de jornada completa para un atareado rector de universidad. También me había esforzado por ser una buena consejera de jornada completa en la Presidencia General, tanto como me lo permitían los ochenta kilómetros de distancia que me separaban del despacho. Pero en un momento tan importante de formación de principios y de comienzo de programas, me preocupaba el no estar haciendo lo suficiente, por lo que intenté correr un poco más rápido.

Hacia el final de mis dos años de servicio, mi salud se estaba resquebrajando. Perdía peso de forma regular y no podía dormir bien. Mi esposo y mis hijos intentaban ayudarme a la par que yo intentaba ayudarles a ellos, por lo que todos estábamos exhaustos. Aun así continuaba preguntándome qué más podía hacer para mejorarlo todo. Las Autoridades Generales, con su compasión habitual, me extendieron un cariñoso relevo al final de mis dos años. A pesar de lo agradecidos que yo y mi familia estábamos por el relevo, tuve un cierto sentimiento de pérdida de asociación y, debo confesar, de identidad para con aquellas mujeres a las que tanto había llegado a querer. ¿Quién era yo, y dónde me encontraba en medio de esta marabunta de exigencias? ¿Iba la vida a ser así de difícil? ¿Cuán exitosa había sido en mis varios y competitivos llamamientos? ¿O no los había magnificado? Los días posteriores a mi relevo fueron tan difíciles como las semanas previas. No había reserva alguna en la que apoyarme, tenía el tanque vacío y no estaba segura de que hubiera una estación de servicio a la vista.

Unas semanas más tarde, mi esposo recibió la asignación de viajar a Jerusalén y las Autoridades Generales que le acompañaban le pidieron que yo fuese con él. "Ve conmigo", me dijo. "Puedes recuperarte en la tierra del Salvador, una tierra de aguas vivas y de pan de vida". Con lo cansada que estaba hice las maletas creyendo, o al menos teniendo la esperanza, de que mi estancia allí me proveería un respiro de alivio.

Un día luminosamente claro y hermosamente brillante me hallaba sentada contemplando el mar de Galilea y releyendo el décimo capítulo de Lucas. Pero, en vez de las palabras de la página me pareció ver en mi mente y oír en mi corazón lo siguiente: "[Pat, Pat, Pat,] afanada y turbada estás con muchas cosas". Y el poder de la revelación personal me envolvió mientras leía: "Pero sólo una cosa [sólo una cosa] es necesaria" (Lucas 10:40-41).

El sol brilla tanto en Israel en el mes de mayo que a una le parece estar sentada en la cima del mundo. Acababa de visitar el lugar llamado Bet-horón, donde el sol "se detuvo" para Josué (véase Josué 10:11-12) y, de hecho, me pareció que me había pasado lo mismo a mí. Al sentarme y meditar en mis problemas, sentí los rayos del sol purificándome como un bálsamo templado que se derramaba en mi corazón, relajando, calmando y consolando mi alma atribulada.

Nuestro amoroso Padre Celestial parecía estar susurrándome: "No tienes que preocuparte por tantas cosas. La cosa necesaria, la única cosa realmente necesaria es mantener tus ojos puestos en el sol, mi Hijo". De repente tuve paz. Sabía que mi vida había estado siempre en Sus manos, desde el principio mismo. El mar que permanecía en paz ante mis ojos había sido un mar tempestuoso y peligroso en muchas, muchas ocasiones. Todo lo que necesitaba hacer era renovar mi fe, aterrarme fuertemente a Su mano y caminar juntos sobre las aguas.

Me gustaría proponer una pregunta para que cada una de nosotras meditara en ella. ¿Cómo es que, como mujeres, damos ese salto que nos lleva de estar preocupadas y consternadas, aun el preocuparnos por cosas realmente serias, a ser mujeres de gran fe? Un aspecto parece negar al otro. La fe y el temor no pueden coexistir. Consideremos algunas de las cosas que nos preocupan. He servido como presidenta de la Sociedad de Socorro en cuatro barrios diferentes. Dos de ellos eran de solteros y los otros dos eran barrios tradicionales con muchas madres jóvenes. Al sentarme en consejo con mis hermanas solteras, mi corazón se consternaba cuando me describían sus sentimientos de soledad y desengaño. Sentían que sus vidas no tenían significado ni propósito alguno en una iglesia que, de manera correcta, hace tanto hincapié en el matrimonio y la vida familiar. Lo más doloroso de todo era la sugerencia ocasional de que su estado de soltería era culpa de ellas mismas, o peor aún, la consecuencia de un deseo egoísta. Buscaban con desesperación la paz, el sentido, algo de valor real a lo que poder dedicar sus vidas. Descargar para leer completo

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