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LA VERDAD RESTAURADA

LA CONVERSIÓN

LA CONVERSIÓN

Una joven hizo esta interesante pregunta: "Yo nací en una familia miembro de la Iglesia, por lo que sus enseñanzas y tradiciones me son familiares y estoy acostumbrada a ellas, pero, ¿cómo puedo saber si estoy realmente convertida y no solo acostumbrada al Evangelio?"

Aunque la pregunta fue respondida en aquella ocasión, desde entonces he pensado varias veces en lo que la conversión significa, tanto para alguien que ha nacido en un hogar Santo de los Últimos Días, como para quien que se une a la Iglesia en un momento posterior de su vida. En esta oportunidad quisiera volver sobre esta interrogante, atendida su vital importancia. Al hacerlo, me parece oportuno agradecer a esta joven por su sincera inquietud, ya que esta es una de las preguntas importantes de la vida y, encontrar la respuesta a ella, uno de los hallazgos más valiosos de nuestra existencia.

"Convertir", según el diccionario significa "cambiar", "mudar", "modificar"; por lo que la conversión de la que hablamos implicaría un cambio en la forma de vida. Aunque cambiar nuestra conducta es parte de la conversión, tal cambio no constituye per se conversión ya que, como veremos, esta tiene un componente interno que involucra al corazón o sentir de las personas. Las vidas de Lamán y Lemuel nos muestran que los cambios externos no implican necesariamente conversión; ellos tuvieron varios cambios de conducta que fueron positivos, pero no se convirtieron verdaderamente: "... de tal manera que ablandaron sus corazones, y cesaron en sus esfuerzos por quitarme la vida. Y sucedió que se sintieron apesadumbrados de su maldad, al grado de que se humillaron delante de mí, suplicándome que les perdonara aquello que habían hecho conmigo" (1 Nefi 7:19-20). Estos hijos del padre Lehi fallaron en los cambios menos perceptibles a simple vista, aquellos que se desarrollan en la mente y en el corazón de las personas; en otras palabras, la disposición de sus almas nunca cambió.

También existe otra definición lingüística para la palabra "convertir" que es muy interesante, y esta es "reconciliar". De ello se sigue que, estar convertido significaría estar reconciliado o en armonía. ¿Reconciliado o en armonía con quién? Me gusta esta definición porque en ella subyace un principio eterno. Nuestra naturaleza es ser hijos de Dios y esta misma naturaleza nos llama a estar con Él, pero el pecado nos aleja de Su presencia y, si según Pablo, todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios (véase Romanos 3:23), la conversión no viene a ser otra cosa que reconciliarnos o volver a estar en armonía con nuestro Dios y Padre o, en otras palabras, con nuestra naturaleza de hijos de Dios.

Una verdadera conversión implica una mutación del alma, un cambio interior que nos hace aceptar voluntariamente a Dios como parte esencial de nuestra vida. Alma hijo, habiendo experimentado en carne propia una conversión grande y excepcional, enseñaba con poder esta verdad. Él entendía claramente que no basta con una modificación de nuestra conducta. Así, después de enseñar el principio de la conversión a los miembros de la Iglesia de Zarahemla, les preguntó si habían nacido espiritualmente de Dios; si habían recibido Su imagen en sus rostros o sí habían experimentado un gran cambio en sus corazones (véase Alma 5:14).

Es posible que una persona que ha nacido en un hogar de miembros de la Iglesia no sienta cambios en su vida, ya que probablemente ha vivido siempre las normas del Evangelio como algo natural, tal como la jovencita de la pregunta. En estos casos el miembro de la Iglesia puede contemplar su vida, sus pensamientos y deseos, los hechos de su diario quehacer y ver si estos se encuentran en armonía con la voluntad de Dios y si conscientemente acepta Su voluntad en su existencia. Sobre este respecto, es útil también recordar que el cambio puede manifestarse de diferentes maneras, como por ejemplo, cuando tenemos el deseo de hacer la voluntad de Dios sin mediar compulsión; cuando sentimos que Dios y Su Hijo Jesucristo son importantes en nuestra vida, cuando tenemos la necesidad de contar con la compañía del Espíritu Santo; cuando sentimos que debemos arrepentirnos de lo malo, cuando deseamos hacer el bien a nuestros semejantes, entre otras.

Es necesario enfatizar que no hay que buscar cambios bruscos y asombrosos; de hecho, conversiones de este tipo, son la excepción. Ha habido sobre la Tierra personas cuyo cambio de corazón fue algo instantáneo, se convirtieron en un solo evento, el mismo Alma hijo es buen ejemplo de ello. Pero como ya se ha señalado, para la mayoría de nosotros la conversión será un proceso que irá ocurriendo con el tiempo, que puede tomar años o incluso toda la vida. Es decir, nuestro corazón va a ir cambiando a través de las épocas, quizás imperceptiblemente, probablemente sin ángeles y sin estruendos, pero lo cierto es que, si decidimos cambiar, entonces llegará el momento en que sentiremos -o nos daremos cuenta con la certeza de nuestra propia existencia -que nuestro corazón es distinto, que amamos a Dios, que queremos llevar la clase de vida que agrada a nuestro Padre Celestial, pero que a la vez nos agrada también a nosotros.

Un buen ejemplo del proceso de conversión de una persona que era hijo de miembros de la Iglesia es el de Nefi, hijo de Lehi. Cuando su padre habló concerniente a la voluntad del Señor de que él y sus hermanos deberían volver a Jerusalén por las planchas de bronce, el respondió de una manera notable: "... Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado" (1 Nefi 3:7). Pero lo verdaderamente relevante no es la respuesta, sino lo que hizo a Nefi capaz de decirla. Antes de pronunciar esta recordada frase, él decidió que era importante preguntar a Dios sobre lo que su padre había dicho, no para cuestionarlo, sino para conocer por sí mismo la voluntad del Señor : "Y sucedió que yo, Nefi... clamé por tanto al Señor; y he aquí que él me visitó y enterneció mi corazón, de modo que creí todas las palabras que mi padre había hablado... " (1 Nefi 2:16). En una ocasión posterior, luego de escuchar la visión que su padre había tenido acerca del Mesías, él deseó ver y escuchar las mismas cosas. Nefi era un fiel joven hijo de miembros, pero para llegar a ser el profeta que fue, debió aprender y tener experiencias que lo convirtieron, que le permitieron crecer y desarrollar su confianza en el Señor. Él no se quedó esperando que algo sucediera, ni tampoco quiso permanecer neutral o indeciso, sino que decidió tomar un rumbo en su vida y ese rumbo fue acercarse al Señor, conocerlo más, amarlo más y por eso preguntaba en oraciones y el Señor le respondía.

Felizmente, la oportunidad de acercarse a Jesucristo y obtener un testimonio personal de Él, está al alcance de todo el que lo quiera. De hecho, el Señor nos invita abierta y amorosamente a venir a Él.

 

 

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